Breve guía para entender a este rarito

La búsqueda de la verdad y la autonomía

1. La brecha generacional

Haber nacido en 1999 te pone en un lugar raro porque llegué a conocer el mundo justo antes de que las redes se comieran todo. Aunque no viví la época de oro de los foros de internet de los años 2000, la diferencia entre mi adolescencia y la de los pibes de hoy es enorme. Descubrí Instagram recién al entrar a la secundaria, cuando era una simple aplicación para subir fotos con filtros feos y no el sistema de control social que es hoy. No había un feed dictándote qué pensar, ni la necesidad de juntar me gusta todo el tiempo, ni una policía moral vigilando lo que hacías.

En 2017, a mis 17 años, el matrimonio entre personas del mismo sexo ya llevaba varios años aprobado en Argentina. Pero esa agenda política nunca me representó. Ya vivíamos en la era post-Stonewall, los famosos disturbios de 1969 en Nueva York que la historia oficial y las empresas convirtieron en una fantasía edulcorada para vender un origen prolijo y comercial. Hoy ves a pibes de 17 años convencidos de que la homofobia ya no existe, como si el peligro hubiera desaparecido mágicamente. Pero en realidad no cambió nada porque la gente sigue pensando exactamente lo mismo de siempre, solo que ahora se calla la boca en público por miedo a que los escrachen o les borren la cuenta. La supuesta aceptación actual no es que la sociedad se volvió buena de la noche a la mañana, sino miedo a la sanción y conveniencia de las marcas. Al mercado no le interesa la liberación de nadie, solo le interesa empaquetar las diferencias para venderte cosas.

Ser adolescente en 2017 todavía tenía algo de esa libertad incómoda de la calle, que era durísima pero real. Por eso me identifico mucho más con la literatura de posguerra o la lucidez de tipos como Gore Vidal, un ensayista y escritor estadounidense célebre por destrozar la hipocresía política de su época. Vidal decía algo fundamental, que no existen personas heterosexuales u homosexuales, sino simplemente actos heterosexuales u homosexuales. Entender esa distinción me ayudó muchísimo a aceptar que me gustan los hombres sin sentir culpa. Me sirvió para comprender que no existe una personalidad gay obligatoria ni un libreto que tengas que actuar, y decir esto no tiene nada que ver con odiarte a vos mismo por homofobia internalizada, sino con no dejar que el mercado defina quién sos. Prefiero una inteligencia curtida en la realidad antes que la ilusión acolchada de un "derecho" que te concede una empresa. En ese momento, encontrarte con otros hombres requería una búsqueda propia, sin guiones prefabricados.

2. De la vida real al show de las redes

En la música de esa época todavía quedaba algo de penumbra y misterio. Discos como Melodrama de Lorde o Blonde de Frank Ocean, dos artistas pop y R&B que marcaron a nuestra generación, tenían esa textura real. Frank Ocean, de hecho, me parece un gran ejemplo por cómo, si no me equivoco, dijo que no usaba la etiqueta gay para definirse. Esa postura la vi en vivo cuando me lo crucé en el museo Guggenheim en Nueva York, le pedí una foto y me dijo secamente que no. Mantuvo su distancia, fiel a su idea de no convertirse en un producto accesible para cualquiera, o capaz nada más era un agrandado y la verdad que me ofendí un poco en el momento.

Esa distancia con el producto comercial convivía con la calle real, donde la homofobia no era un debate teórico de red social, sino algo físico que te podía pasar de frente, algo que hoy todavía ocurre obvio e inclusive quizás cada vez con más frecuencia. Y precisamente porque no existía el control enfermizo de las aplicaciones de citas, había un margen para el encuentro espontáneo, sin tantas vueltas ni etiquetas.

Después de la pandemia todo eso se rompió. La virtualización explotó y la gente quedó formateada para vivir a través de pantallas, con pánico al contacto físico no planeado. Prácticas históricas como el cruising, los encuentros anónimos y casuales entre hombres en espacios públicos, en el Bosque de La Plata casi desaparecieron porque la policía patrulla y vigila el espacio constantemente, borrando cualquier margen de calle. Hoy la identidad se convirtió en un consumo estético para las redes, una repetición de guiones previsibles donde se perdió el gusto por el encuentro real y por la imprevisibilidad de la vida.

3. Crecer en soledad

Si hoy me dedico a investigar temas como el clima y a cuestionar las versiones oficiales, no es un capricho de grande, sino por cómo me crié. Crecí muy solo, con mis libros, en una secundaria privada. Como no tenía referentes alrededor, me obsesioné con Salvador Dalí, no por hacerse el raro, sino porque veía a alguien capaz de construirse su propio mundo frente a un entorno gris.

Mucho después me enteré de que a Leonardo da Vinci le gustaban los hombres, un detalle irónico considerando que mi secundaria llevaba su nombre y jamás me lo mencionaron ahí. Crecí sin referentes cercanos y lejos de lo que se esperaba de mí. De chico terminé probando hockey por una curiosidad inocente, como cuando de pibe se me dio por decir que quería hacer catecismo, pero fue una experiencia insólita considerando lo mucho que me gustaba pintar y leer. En ese ambiente el bullying era inevitable. Ojo, no me jodían por un cliché superficial porque no es que fuera afeminado, sino por no encajar en los códigos de la masculinidad tradicional ni sumarme a sus rituales. En cambio, en la escuela me aislaba tanto en mi propio mundo que ni siquiera llegaron a hacerme un acoso constante, aunque la distancia por ser distinto siempre estuvo ahí. Después probé con kung fu, pero duré poco porque me peleé con el profesor.

La verdad es que siempre me peleé con la autoridad. En la secundaria los profesores pensaban que era un soberbio simplemente porque cuestionaba con fundamentos lo que nos enseñaban. Con los años entendí que la gente le dice "soberbia" a cualquiera que duda de las cosas y termina teniendo razón. Por esa misma razón de chocar siempre con las estructuras de autoridad, nunca terminé una carrera universitaria. Tuve un par de intentos ya que probé con Informática y después con Diseño Gráfico, pero el ambiente de la facultad simplemente no es para mí porque esa dinámica de aula y jerarquías no encajaba con mi forma de pensar ni con mi libertad. En su lugar, preferí durante un tiempo trabajar en la cocina de un local de comida rápida o como vendedor de ropa, empleos donde cumplía el horario y me iba, dejándome una autonomía mental total para dedicar mi cabeza a lo que realmente me interesaba.

Hoy soy independiente económicamente. Detallar cuál es mi trabajo ahora sería como ponerme a contar si tengo novio o quién es, lo cual no tiene sentido porque eso ya entra en el terreno de la vida privada. No pasa por ocultar nada ni por vergüenza, sino por defender un derecho básico a la intimidad. No creo en esa dinámica actual donde se confunde la honestidad con ventilar la vida personal como si fuera un espectáculo o un "activismo", que es un término que detesto. Una cosa es defender la homosexualidad como algo completamente natural y hablar abiertamente del tema, algo que para mí es indispensable para que la gente que me sigue no proyecte esa imagen de "macho perseguido de internet" que ni soy ni me interesa ser, y otra muy distinta es convertir mi cotidianeidad en un producto de redes sociales. Las cosas que comparto en esta guía son las indispensables para entender dónde estoy parado y cómo veo el mundo, mientras que mi intimidad me la guardo para mí.

En todo este camino, esa estabilidad económica propia me dio lo más importante que se puede tener, que es tiempo libre. Tiempo para investigar sin que nadie me apure, estudiar la manipulación del clima, ir a los datos originales y hacer mi propio proceso de aceptación personal sin tener que pedirle permiso ni dar explicaciones a nadie.

4. Del dato duro al circo de las redes

Esta historia se junta directo con mi forma de investigar. Por el 2017, el canal de YouTube Weatherwar101, un proyecto anónimo que se convirtió en una referencia de culto por analizar la ingeniería del clima con datos físicos duros y que de hecho es la única fuente confiable del tema, hacía un trabajo técnico impresionante. Para ponerlo en perspectiva, en esa época Greta Thunberg ni siquiera había aparecido en la escena mediática y todavía no existía esa fijación del pánico moral sobre la ideología de género o la guerra cultural que hoy satura internet. En ese momento la paranoia alternativa estaba enfocada en la Agenda 21, un plan marco de la ONU sobre desarrollo y gestión de recursos que el ambiente conspiranoico convirtió en su gran cuco, pero Weatherwar101 no hacía show ni política. Criticaba las narrativas conspiranoicas tradicionales por simplistas y se enfocaba en la realidad operativa de las centrales eléctricas y en la geoingeniería. Mientras el estereotipo del investigador perseguido de internet analiza estos temas desde la paranoia política y la obsesión contra lo progresista, el análisis técnico de la infraestructura muestra algo totalmente distinto. Lo irónico de todo esto es que yo esté analizando la infraestructura física del clima estando en las antípodas absolutas de ese estereotipo del "tipo macho dueño de la verdad" que abunda tanto en internet y ves pegado a este tema. Me interesa la física y la evidencia técnica, sin el show moralista ni los discursos vacíos que explotaron años más tarde.

Pero después de la pandemia, la conversación mutó hacia las peleas políticas y la indignación rápida de las redes. Mi punto no es negar la medicina ni nada por el estilo, sino entender el pánico mediático y el negocio que hay detrás. Lo de 2020 fue, en el fondo, una sobreexposición de testeos donde la prensa inflaba los números metiendo a cualquiera que diera positivo dentro de la misma bolsa. O sea, si alguien moría y daba positivo de coronavirus, entonces supuestamente murió por el coronavirus. Esto no es decir que el virus no existía o que no tenía un impacto biológico, aunque si tenías un sistema inmune robusto no tenía un impacto grave, sino ver cómo esa paranoia sirvió para mover fortunas de un lado a otro. Tampoco es caer en la etiqueta vacía de "antivacunas", sino ser realistas y críticos con la evidencia porque la mayoría de las vacunas tradicionales ya eran profundamente cuestionables por los componentes altamente tóxicos que contienen, como los adyuvantes de aluminio que generan inflamación sistémica en el cuerpo, y con el COVID directamente metieron con la inoculación ingeniería genética experimental. Mi postura es dudar de la industria farmacéutica completa y del negocio detrás de la salud.

Lamentablemente, el ritmo acelerado de las redes borró la paciencia para sentarse a mirar datos duros. La investigación física se cambió por peleas absurdas de superficie, y la gente perdió la capacidad de seguir un análisis técnico real.

5. La prueba en el cuerpo

Mi cuestionamiento al sistema empezó desde chico porque el choque lo tuve en mi propio cuerpo. Cuando te das cuenta de que la norma social no tiene nada que ver con vos, buscar respuestas por fuera se vuelve una necesidad de vida o muerte. Durante la cuarentena de 2020, cuando descubrí a Camille Paglia, una famosa crítica cultural y feminista disidente estadounidense, leyendo a gente crítica en Twitter, encontré una herramienta tremenda para desarmar el discurso oficial y entender que el ambiente "gay" institucionalizado podía ser tan claustrofóbico y dogmático como el mundo conservador. Ojo, no es que coincida con todo lo que dice Paglia porque de hecho aborrezco su fijación con el psicoanálisis cuando plantea que la homosexualidad no es natural, repitiendo la teoría de Freud sobre la madre avasallante y el padre ausente, pero rescaté su filo para empezar a dudar de todo.

En todo este proceso me di cuenta de lo profundamente arraigada que está la homofobia en la sociedad, al punto de impregnar incluso a disciplinas como el psicoanálisis. De chico fui a psicólogos, pero no me sirvieron para absolutamente nada. Por más que intentaran afirmar mi sexualidad con un discurso de "está todo bien", yo intuía la corrección política de compromiso porque el negocio de la terapia es mantenerte pagando sesiones en un bucle infinito de análisis, no ayudarte a ver tu homosexualidad como algo simple y natural. Desmantelar esa culpa internalizada requirió un esfuerzo enorme y solitario, justamente porque las herramientas oficiales estaban viciadas.

Esa falsedad del discurso prolijo fue lo que en su momento me hizo acercarme a espacios de derecha o "anti-woke", que son sectores opuestos a las agendas progresistas. Lamentablemente, esos entornos son directamente homofóbicos en su mayoría, pero su magnetismo reside precisamente ahí porque no están sanitizados. En un mundo donde todo suena a libreto corporativo y falsedad institucional, la verborragia de la derecha atrae porque parece real y sin filtro, algo similar al fenómeno que ocurrió con figuras como Trump, Bolsonaro o Milei, más allá de cómo los medios los catapultaron y de los intereses que los financian. Hoy ese magnetismo creció en todo el mundo debido a la enorme incertidumbre provocada por cambios híper acelerados en poquísimo tiempo, ya que frente a la pérdida de certezas, la extrema derecha le vende a la gente la idea reconfortante de que temas como el calentamiento global o la homosexualidad son "inventos" destinados a destruir el orden tradicional y la familia nuclear. No se trata de estar de acuerdo con su homofobia ni con sus mitos, sino de entender la mecánica social detrás de ese fenómeno frente a la hipocresía prolija.

Igual, ese proceso teórico fue a la par de un camino personal bastante pesado. Entendí cómo funciona la modificación del clima mucho antes de poder vivir mi propio deseo sin culpa, algo que recién logré este año, a los 26. En la desesperación por encajar y tratar de corregir lo que sentía, llegué a meterme en la Iglesia Ortodoxa y hasta usé testosterona pensando que podía cambiar mi biología para ser "normal".

Aclaro que no tengo nada en contra de la suplementación con testosterona o progesterona en bajas dosis si es para estar bien físicamente y con un criterio propio, y de hecho la sigo usando hoy en día con esa lógica, pero el problema en su momento era la ingenuidad de usar la medicina para intentar cambiar mi deseo. Toda esa etapa me dejó un rechazo absoluto hacia las religiones y la culpa que meten.

Esa represión sexual guardada durante años, sumada al miedo al contagio y el encierro del 2020 y 2021, me explotó en la cara. Terminó en una internación corta en una clínica psiquiátrica y estuve medicado durante un tiempo. No defiendo para nada esas clínicas ni esas pastillas, y cómo tratan a la gente ahí y lo poco que respetan las leyes como la de salud mental es un horror. Pero contarlo es clave ya que probar en carne propia el desastre que te hacen los psicofármacos fue lo que me abrió los ojos definitivamente sobre la industria farmacéutica y el negocio de la salud. Hoy sé perfecto que lo que me pasó no era un problema químico en el cerebro como si fuera algo genético, sino el peso aplastante de estar reprimiéndome con mi sexualidad en medio del pánico generalizado por la pandemia.

Toda esta vivencia con la salud y el cuerpo se conecta directamente con mi forma de mirar el mundo exterior. Por eso para mí es fundamental hablar de la sexualidad sin culpa ni dar vueltas, pero también entender los hechos físicos reales que nos rodean. Estudiar las inundaciones, como la de abril de 2013 que destruyó mi ciudad, La Plata, que fue provocada intencionalmente como todas las demás, no es un pasatiempo sino una urgencia. Estudiar la manipulación del clima y el calentamiento global no es un tema de redes sociales sino una cuestión de supervivencia para la humanidad. Aunque suene alarmista, es un hecho físico porque la ingeniería atmosférica se usa hoy para tapar un clima que ya está colapsado por décadas de industrialización y contaminación descontrolada. Cuando entendés la magnitud de esto, es imposible mirar para otro lado y ahí están mis prioridades realistas. Y esto incluye desmantelar los mitos de internet sobre las estelas químicas de los aviones o chemtrails, ya que la presencia de aerosoles en el cielo es real, pero la narrativa conspiranoica clásica dice la ridiculez de que las tiran para "volverte homosexual". Es el ejemplo perfecto de cómo distorsionan un problema físico real con pánico moral. Entender cómo las torres de enfriamiento y las centrales eléctricas cambian el clima no es una teoría rara sino física pura y vapor de agua. Dedicarme a difundir esto y vivir mi sexualidad libremente son las dos cosas que me mueven porque las dos tienen que ver con lo mismo, que es la supervivencia y la libertad de cada uno.

6. Sin caretas

Mirando para atrás, lo mío fue rarísimo. Siendo alguien a quien le gustan los hombres, me metí en los rincones más jodidos e intolerantes de internet solo para sacar lo único que valía la pena, que era la información técnica de Weatherwar101. Tuve que bancarme el odio de ese ambiente, filtrar los datos reales de la infraestructura, salir sano de ahí y hacer el laburo interno para aceptar mi sexualidad. Parece de película, pero fue tal cual.

El gran cambio en mi vida fue sacarme la culpa de encima y entender que la homosexualidad no tiene nada de malo. Hay un abismo entre ponerse la etiqueta de "gay", que hoy es un producto comercial empaquetado, y hacer un proceso sincero de aceptación. Ese camino no se logra buscando refugio en un grupo para sentirse acompañado, sino bancándote la soledad. Sé que a los que viven cómodos con la etiqueta esto les va a sonar a "trauma" o van a querer ningunearme con un psicoanálisis barato diciendo que tengo un problema sin resolver o como si fuera un trauma con mi familia. Es la típica respuesta del que necesita etiquetar la lucidez del otro para no mirar su propia vida. Acá no hay ningún trauma, sino criterio y pensamiento crítico.

Al final del día, el acto político más auténtico y soberano que podés hacer no es marchar en una marcha del orgullo auspiciada por bancos y multinacionales para hacer consumo identitario. El verdadero acto político es pararte de frente, hablar abiertamente y con datos duros sobre algo tan urgente como la manipulación del clima y el calentamiento global, y al mismo tiempo decir con total naturalidad y sin rodeos que te gustan los tipos. Eso es libertad real, sin guiones ni tutores morales.

A diferencia de Weatherwar101, que prefirió mantenerse en el anonimato, yo elijo poner la cara. Me parecería bastante cobarde esconder mis quiebres o mi pasado para que la gente tome más en serio lo que investigo. Ojalá nadie descarte los datos técnicos del clima solo por prejuzgar mi historia, pero si lo hacen, prefiero la honestidad de dar la cara antes que esconderme. Los datos físicos sobre la manipulación del clima se sostienen solos por su propia precisión, más allá de la vida de quien los muestre.

7. Autenticidad pura

Históricamente, a quien le gustan los hombres solo le quedaron dos caminos frente al rechazo. O se deja aplastar o desarrolla una cabeza afilada y una capacidad de análisis fuera de lo común. No hay punto medio. Todo lo que viví de chico fue el laboratorio donde armé mi radar crítico. Alguien que vive cómodo con el sistema nunca se pondría a investigar estas cosas porque la comodidad te adormece.

Si cuento todo esto no es para convencer a nadie ni para pretender que la gente que voy conociendo piense exactamente como yo. No busco encajar en los moldes tradicionales de pareja ni forzar coincidencias intelectuales de entrada. Al conocer a alguien, entiendo que lo más sano es respetar la autonomía y el espacio del otro, y si con el tiempo surge una conexión o una charla buena, genial, que sea de forma natural.

Lo único que quiero es dejar bien claro quién soy, dónde estoy parado y cómo llegué hasta acá. La locura no es mía sino de un mundo anestesiado que niega la manipulación del clima mientras sus ciudades son inundadas y que acepta la diversidad solo si se la puede vender y si es inofensiva. Lo que opine la mayoría no me interesa. Hago esto por una necesidad personal de verdad. El que no le debe nada a nadie tiene el lujo de mirar la realidad de frente. La autonomía no se negocia, sino que se ejerce con datos, cabeza fría y la espalda para bancarse lo que venga.